Happening « bobo » frente a una coiffure en la rue Gustave Goublier

Bobos, peluqueros y “clochards”

La competencia por el espacio en una calle de París

Publicado: 2013-11-27

La calle Gustave Goublier es un pasaje que une tres avenidas famosas de París: St Denis, Sebastopol y St- Martin (esta última es una de las vías más antiguas de la ciudad, un antiguo camino romano que unía la Isla de Paris en medio del río Sena con la villa de Montmartre y el norte de la Galia).

En este espacio se produce a diario una lucha entre antiguos y nuevos personajes de esta vieja ciudad. Los antiguos parisinos y sus descendientes: blancos, profesionales, de gustos bohemios e ingresos burgueses (los “bobos”), ocupan varios departamentos y locales en los cuales han abierto oficinas, una galería de arte moderno y una tienda de ropa “chic”. Ellos están organizados en una asociación de vecinos (La Association Arrgg!) que busca cerrar el pasaje al tráfico vehicular, embellecer la calle con plantas y animar la noche con diversas actividades culturales: exposición de obras de alumnos de la Escuela de Bellas Artes, charlas, “happenings”. Su presidente, el Sr. Charbonneau (quien me alquila el cuarto y me invita siempre a estos eventos), es un arquitecto muy ocupado y serio pero que se da siempre el tiempo para poner en la práctica su visión sobre la vida de barrio à la francesa, con vino, música y arte.

En las noches aún frías de la primavera, en pleno happening, una voz se alza en protesta contra la música chill out y las risas bañadas de champagne de los bobos: un borracho que duerme todas las noches bajo uno de los arcos del pasaje y que no puede conciliar el sueño con tanta bulla les grita “silencio”. Él bebe, come, caga y mea allí, en su refugio al aire libre. Él representa una institución francesa tan antigua y respetada como la prostitución y las artes: el “clochard”. Es un mendigo pero además un bohemio, alguien que vive así por propia decisión y que no busca la compasión sino a lo mucho una pequeña ayuda para seguir su vida así, alcoholizadamente libre. Los bobos, que son todos de izquierda (si los caviares existen, aquí son legión) no pueden ni deben mostrar su enojo ante un clochard. Él no solo es pobre sino que es la quinta esencia del bohemio y sin poses. Y entonces la noche sigue así, interrumpida de vez en cuando por lo gritos del amigo clochard hasta que la fiesta acaba.

Las mañanas la calle es tomada por los dueños de otros locales. Las peluquerías africanas abren hacia las 10 am y comienzan a recibir clientes una hora después. No menos de veinte “coiffures” se abren a la vez en todo el barrio. Algunas tienen el equivalente de nuestros “llenadores” de combis: hombres que se paran en el Boulevard Sebastopol a promocionar tal o cual establecimiento y que aprovechan la circunstancia para coquetear con todas las morenas que circulen. Hacia la hora del almuerzo la calle comienza a llenarse de los pelos que son barridos fuera de las peluquerías. En la tarde la afluencia es mayor y los clientes, en sus autos o taxis, arriman las plantas de los bobos y estacionan los vehículos frente a las peluquerías. Los bobos, exasperados pero siempre civilizados, presentan quejas al municipio y solicitan que se instalen tranqueras que impidan el ingreso de vehículos.

Esta competencia por el espacio ocurre en diversas partes de la ciudad. En el Boulevard de Clichy, famoso por el Moulin Rouge, el cabaret Le Chat Noir, los sex shops, la prostitución y la bohemia de fines del XIX (que incluía a Renoir y Degas) avanzan sin piedad restaurants vegetarianos (que ofrecen jugos y ensaladas en base a vegetales orgánicos) y bares en la onda “lounge-chill out” caros y ocupados por yuppies. En la esquina de los Boulevards Raspail y Montparnasse, restaurantes como La Coupole y cafés como La Rotonde, famosos por haber alguna vez alojado a Picasso y Hemingway, son hoy museos vivientes ocupados por turistas acaudalados que se toman fotos junto a las mesas y ventanas ocupadas hace un siglo por algún famoso. Estas “invasiones” son siempre criticadas por los puristas quienes esperan que cada espacio mantenga UNA identidad (aquella ligada a una época, un tipo de gusto o una apuesta ideológica en particular).

Y sin embargo, esta idea de espacios con identidades “verdaderas”, se vuelve una quimera cuando se estudia la historia estos sitios. El “boulevard” parisino es ahora visto por sociólogos e historiadores, no como la imagen correcta de Paris sino como un acto de violencia estatal contra los barrios obreros que circundaban la ciudad y desde donde se generaban todas las revoluciones (1830, 1848). Los boulevards no solo son avenidas amplias, rectas, arboladas y ocupadas por cafes y tiendas de moda (imagen proyectada especialmente por pintores parisinos famosos como Renoir y Degas). En el siglo XIX servían además para efectivas cargas de caballería contra las barricadas. En una clase sobre geo historia pude ver cómo esta ciudad ha ido creciendo en anillos sucesivos que han engullido castillos, mansiones y villas enteras para convertirlas en pequeñas islas que conservan solo algunos rasgos de sus características iniciales.

Esta competencia por el espacio ocurre en todo lugar poblado y en todas las épocas: antiguos y nuevos pobladores, con sus diversas culturas e intereses, logran hegemonías temporales sobre un espacio que tarde o temprano les será también arrebatado. El sociólogo Robert Park estudió este fenómeno en Chicago en los años treinta y fundó una sub especialidad: la Ecología Humana. Pensadores y geógrafos marxistas como Lucien Lefevre y Donald Harvey han analizado la relación entre actividades productivas y comerciales, divisiones de clase y creación de territorios ajustados a las necesidades de la actividad capitalista que destruyen y reconfiguran espacios construidos para necesidades no capitalistas (agricultura de subsistencia, arquitectura religiosa, etc). La geógrafa feminista Doreen Massey ha mostrado cómo la identidad cultural ligada a un territorio en particular es, muchas veces, la expresión de un sector de la población: los hombres adultos, blancos y pudientes. Estas narrativas sobre el territorio, dejan de lado las voces marginadas de mujeres, niños y etnías minoritarias (sobre todo inmigrantes). La construcción del “territorio” como proceso donde intervienen el poder estatal, la elaboración de discursos y la interacción con la naturaleza es central en la reflexión de filósofos como Michel Foucault, Gilles Deleuze y Michel Serres.

Ajenos a estos debates, nuestros bobos, clochards y peluqueros siguen su dificil convivencia. Cada uno tiene una visión particular de su territorio y la coloca sobre la calle, esperando un acomodo de los otros. Sobre caminos que fueron alguna vez transitados por galos, romanos, francos, carolingios y revolucionarios, interactúan mis vecinos negociando la identidad “verdadera” del barrio. Tal vez algún libro de historia les dedique una línea o dos en unos siglos.