Ecología política de la azotea: los techos de Lima como reflejo de nuestra historia
Desde la azotea del edificio del Jirón Carabaya 953 se pueden ver las propuestas de los fotógrafos, artistas, documentalistas, arquitectos y diseñadores que componen el proyecto Ecología del Techo de Lima. La idea de Carlos León-Xjiménez, organizador de la exposición, es abrir un espacio de observación y creación diferente al que se tiene desde la calle o desde el interior de los edificios. En términos de Carlos, “estos techos constituyen una ciudad paralela, pero también un paisaje frágil y escondido: un territorio lleno de posibilidades no reguladas dentro de una infraestructura ya existente”.
En la azotea está instalada una plataforma desde la cual se pueden observar las obras ubicadas en techos vecinos: el techo a la derecha completamente pintado de azul; a la izquierda una gigantografía con las fotos de unos vecinos del barrio; al frente, cruzando el jirón Contumazá, unos mimos haciendo una performance sobre los techos de un edificio mas bien moderno. En la misma azotea de la muestra, está instalado un televisor que pasa entrevistas a los vecinos quienes hablan de su barrio y experiencias y al lado un biohuerto con aires artísticos.
Al ver la muestra e interactuar con los mimos y expositores se puede efectivamente experimentar las múltiples posibilidades artísticas que ofrecen los techos del centro de Lima. Espacios planos, polvorientos y decadentes que sin embargo dejan ver la belleza de antiguos patios coloniales o de tragaluces de madera y vidrio republicanos. La pobreza y abandono de estos lugares facilita de alguna forma actuar sobre ellos. Según Carlos, algunos vecinos querían que sus azoteas sean también “intervenidas”.
A mí me llamo la atención no solo la propuesta artística, por imaginativa y llena de potencialidades, sino el mismo paisaje de Lima desde esas alturas. El paisaje “natural” del centro de Lima desde los techos muestra, en su radical incongruencia, una foto viva de las permanentes rupturas que hemos vivido a lo largo de nuestra historia. Nuestros techos antiguos son un reflejo de nuestras propias contradicciones.
Sobre la base de viviendas coloniales y elegantes edificios tercerosos de estilo francés, se levantan edificios de cemento de 10 o mas pisos, algunas pintados de celeste, verde o crema, algunos sin terminar, todos sucios y descuidados. Los pocos edificios públicos con un mantenimiento decente, son verdaderas moles de más de 15 pisos que generan una gran violencia visual. El antiguo ministerio de educación ubicado frente a la casona colonial de San Marcos es probablemente el ejemplo más emblemático. El más reciente y feo es obviamente el Ministerio del Interior ubicado a un paso del hermoso Paseo Colón.
El centro de Lima muestra así todos los estilos arquitectónicos que el tiempo y la historia han creado, pero en un solo espacio sin orden ni concierto. Uno puede pasar literalmente de una casa del siglo XVIII a un edificio de cemento y vidrio del siglo XX saltando la azotea. Desde todos se pueden ver, amenazantes, los edificios públicos levantados por diversos gobiernos militares, que irrumpen en forma y textura, el estilo colonial-andaluz y republicano-afrancesado de Lima hasta los años 40.
Este paisaje nos muestra, casi como un espejo, el devenir de nuestra propia historia. Las discontinuidades culturales y de poder se aprecian, por ejemplo, en las casonas señoriales abandonadas por sus originales familias y convertidas en academias de ingreso o pollerías y en los edificios mediocres que les han surgido por doquier sin que las autoridades hayan previsto impedir construcciones que rompan con los estilos tradicionales del centro. La construcción de mega edificios públicos coincide con los gobiernos militares, especialmente Odría y Velazco. Estos bloques de cemento están cargados de símbolos de autoritarismo: rompen con todas las dimensiones y estilos circundantes, no como lo haría una empresa inmobiliaria desubicada, sino con toda la capacidad de un Estado tomado por militares que aprovechan los precios altos de algún recurso natural.
En medio del caos arquitectónico me pregunto si la oposición del sector energía y minas a la creación de áreas de protección y al ordenamiento territorial no será un eco lejano de esta forma de maltratar el territorio urbano. Si los peruanos concebimos el espacio como un lugar abierto a nuestras propias apetencias en un contexto de competencia violenta con los otros, porqué respetar una ciudad o un valle productivo? Porqué no tratar de imponer un orden ajeno?
El paisaje conserva las huellas dactilares de nuestros actos (y crímenes). Muestran cómo hemos actuado antes y cuales son nuestras tendencias. Esta muestra desde los techos de Lima nos permite vernos y reflexionar cómo nos hemos comportado. Pero también nos ayuda a pensar qué podemos hacer al respecto.